Cuando a Marcos le ofrecieron un puesto de ingeniero en una empresa de energía solar en Valencia, no lo dudó. Llevaba dos años trabajando en una pequeña empresa de su ciudad, León, con un sueldo bajo y pocas posibilidades de crecer. El nuevo trabajo era exactamente lo que buscaba. Lo que no imaginaba era lo difíciles que serían los primeros meses.
El primer problema fue el piso. Los alquileres eran mucho más caros de lo que esperaba, y durante tres semanas vivió en un hostal mientras visitaba pisos después del trabajo. Al final encontró una habitación en un piso compartido con dos estudiantes en el barrio de Benimaclet. No era su sueño, pero estaba cerca del metro.
En la empresa, todo era nuevo: los programas, los procesos, los clientes. Su jefa, Rocío, le asignó una mentora, Carla, que le ayudó mucho durante las primeras semanas. Aun así, Marcos se sentía inseguro. En las reuniones, sus compañeros hablaban de proyectos que él no conocía y usaban siglas que no entendía. «Tenía miedo de preguntar y parecer tonto», recuerda.
Pero lo peor fue la soledad. Los fines de semana no conocía a nadie. Sus compañeros eran amables, pero tenían sus propias vidas y familias. Algunos domingos, Marcos no hablaba con nadie en todo el día, salvo con su madre por teléfono. Más de una vez pensó que se había equivocado.
Todo empezó a mejorar en el tercer mes. Primero, Carla le invitó a jugar en un equipo de pádel del trabajo, y allí conoció a gente con la que empezó a quedar. Después, se apuntó a un club de montaña que hacía excursiones por la sierra los domingos. Y en el trabajo, cuando terminó su primer proyecto con éxito, empezó a sentirse realmente parte del equipo.
Ahora, un año después, Marcos se ha mudado a un piso propio y tiene un buen grupo de amigos. Ha aprendido algunas palabras en valenciano y ya no se pierde en el centro. «Si alguien está pasando por lo mismo, le diría que tenga paciencia», dice. «Los primeros meses son duros para todo el mundo. Pero pasan».