Hasta hace un año, Lorena, una administrativa de Almería de treinta y un años, compraba ropa casi cada semana. Le encantaban las tiendas de moda rápida: camisetas a cinco euros, vestidos a quince, siempre algo nuevo. Tenía el armario tan lleno que muchas prendas todavía tenían la etiqueta puesta.
Todo cambió una noche, cuando vio un documental sobre la industria textil. Mostraba fábricas en otros países donde las trabajadoras cosían doce horas al día por sueldos muy bajos, ríos contaminados por los tintes y montañas de ropa usada abandonada en un desierto. Según el documental, la moda es una de las industrias que más contaminan del mundo. «No pude dormir esa noche», recuerda Lorena. «Me sentí parte del problema».
Al día siguiente, abrió el armario y contó sus prendas: ciento cuarenta y tres. Muchas no las había usado nunca. Decidió hacer un reto: durante un año, no compraría ropa nueva. Si necesitaba algo, lo buscaría de segunda mano.
Al principio no fue fácil. La costumbre de comprar era fuerte, y cada vez que pasaba por delante de una tienda, sentía la tentación. Pero pronto descubrió un mundo nuevo. En Almería había varias tiendas de segunda mano, algunas de organizaciones benéficas, donde encontró prendas de muy buena calidad a precios bajísimos. También empezó a usar aplicaciones para comprar y vender ropa usada.
Lo que más le sorprendió fue lo divertido que era. «Buscar ropa de segunda mano es como buscar un tesoro», dice. Encontró un abrigo de lana de los años setenta por doce euros, unas botas de cuero casi nuevas y un vestido que le encanta. Además, vendió más de sesenta prendas que no usaba y ganó casi trescientos euros.
También aprendió a cuidar mejor la ropa. Su abuela le enseñó a coser botones y a arreglar pequeños agujeros. Ahora lava la ropa con agua fría y la tiende al aire libre, para que dure más.
El año del reto terminó hace dos meses, pero Lorena no ha vuelto a comprar ropa nueva. «No es por sacrificio», explica. «Simplemente, ya no lo necesito. Tengo menos ropa, pero me gusta toda».