Hasta hace poco, Concha, una jubilada de setenta y tres años de Huesca, pensaba que hablar con el médico por el ordenador era «cosa de jóvenes». Pero el invierno pasado, con la carretera cortada por la nieve y una tos que no se le quitaba, su nieta Alba le instaló una aplicación del servicio de salud en la tableta y le pidió una videoconsulta.
El día de la cita, Concha estaba nerviosa. Se peinó, se puso una blusa bonita y se sentó delante de la tableta media hora antes. Alba le había explicado lo básico: buscar un lugar con buena luz, comprobar que el micrófono funcionaba y tener a mano la lista de medicamentos que toma.
A las diez en punto apareció en la pantalla la doctora Gil, su médica de siempre. «Al verla, me tranquilicé», cuenta Concha. La doctora le hizo preguntas sobre la tos, la fiebre y cómo dormía. Le pidió que se acercara a la cámara para verle la garganta con la linterna del móvil de Alba y que respirara profundamente mientras escuchaba. También le pidió que se tomara la temperatura y que le dijera el resultado.
Como no había signos de algo grave, la doctora le diagnosticó una bronquitis leve. Le recetó un jarabe y le explicó que la receta electrónica ya estaba en el sistema: Alba solo tenía que ir a la farmacia con la tarjeta sanitaria de su abuela. Además, quedaron en hacer otra videoconsulta una semana después para ver cómo evolucionaba.
La experiencia fue positiva, pero Concha también ve límites. «Para cosas sencillas está muy bien. Te ahorras el viaje y la sala de espera», dice. «Pero si me duele algo de verdad, quiero que me vean en persona». La doctora Gil está de acuerdo: las videoconsultas son útiles para revisiones, resultados de análisis y problemas leves, pero no sustituyen una exploración física cuando hace falta.
Hoy, Concha usa la tableta con bastante soltura. Además de hablar con la médica, hace videollamadas con su hermana, que vive en Argentina. «A mi edad, aprender cosas nuevas también es salud», dice riéndose.