Fernando tiene cuarenta y siete años y es contable en una empresa de transportes de Málaga. Sus compañeros lo describen como una persona tranquila, eficiente y muy callada. En las reuniones casi nunca habla, y en las cenas de empresa suele sentarse en una esquina. «Siempre he sido tímido», reconoce. «Desde niño, hablar en público me daba pánico».
Por eso, nadie se lo esperaba cuando, hace dos años, se apuntó a un coro. Todo empezó por casualidad. Un domingo, paseando por el centro, entró en una iglesia donde un coro amateur estaba ensayando. Se quedó escuchando media hora, emocionado. Al terminar, la directora, una profesora de música llamada Inés, se acercó y le preguntó si cantaba. Él dijo que no, pero ella le invitó a probar. «Aquí nadie es profesional», le dijo. «Solo hace falta tener ganas».
El primer ensayo fue durísimo. Fernando estaba tan nervioso que apenas abría la boca. Inés le colocó entre dos bajos con experiencia, para que pudiera seguirlos sin sentirse expuesto. Poco a poco, fue ganando confianza. Descubrió que tenía una voz grave y bonita, y que leer partituras no era tan difícil como pensaba.
Lo que más le sorprendió fue cómo el coro le cambió por dentro. Cantar en grupo le obligaba a respirar profundamente, a escuchar a los demás y a olvidarse de sí mismo. «Cuando canto, no pienso en si lo estoy haciendo bien o mal. Simplemente, formo parte de algo», explica. Además, hizo amigos: después de cada ensayo, el grupo va a tomar algo a un bar cercano, y Fernando, para su sorpresa, se ha convertido en uno de los que más hablan.
El pasado diciembre, el coro dio un concierto de villancicos en la misma iglesia donde todo empezó. Inés le pidió a Fernando que cantara un pequeño solo. Él dudó mucho, pero aceptó. Cuando llegó su momento, le temblaban las manos, pero su voz sonó clara. Al final, el público aplaudió durante un minuto.
En el trabajo también han notado el cambio. Hace poco, Fernando presentó los resultados del año ante toda la dirección. «Antes me habría puesto enfermo», dice sonriendo. «Ahora pienso: si he cantado solo delante de doscientas personas, puedo hacer esto».