Cuando le dijeron a Pablo que su beca Erasmus era para Oulu, en el norte de Finlandia, tuvo que buscar la ciudad en el mapa. Este estudiante de Ingeniería de Telecomunicaciones de Valencia había pedido Berlín o Ámsterdam, pero no le quedaron plazas. «Pensé en rechazarla», reconoce. «Al final, fue la mejor decisión de mi vida».
Llegó a finales de agosto. Al principio todo le pareció fácil: hacía sol, las temperaturas eran agradables y los días eran larguísimos. La universidad era moderna y muy bien organizada, y le dieron una habitación en una residencia con sauna compartida, algo muy normal en Finlandia.
Pero en noviembre todo cambió. Los días se acortaron muchísimo, y en diciembre el sol salía a las diez y media y se ponía antes de la una de la tarde. Las temperaturas bajaron a veinte grados bajo cero. Pablo, acostumbrado al sol de Valencia, se sentía cansado y triste. Una compañera finlandesa le explicó que muchas personas sufren algo parecido en invierno y le recomendó tomar vitamina D, hacer deporte y usar una lámpara especial que imita la luz del sol.
También tuvo que adaptarse a la cultura. Los finlandeses le parecieron al principio fríos y muy reservados. En el autobús, nadie hablaba. Si alguien decía que iba a llegar a las cinco, llegaba a las cinco en punto. Pero cuando los conoció mejor, descubrió que eran personas muy sinceras, leales y con un sentido del humor muy particular.
Lo mejor del semestre fueron las experiencias. Aprendió a esquiar, aunque se cayó decenas de veces. Fue a una sauna junto a un lago helado y, después, se bañó en un agujero en el hielo. Y una noche de enero, al volver de la biblioteca, vio por primera vez una aurora boreal: luces verdes y violetas bailando en el cielo. Se quedó media hora mirando, a pesar del frío.
Volvió a Valencia en enero con buenas notas, amigos de diez países y unas ganas enormes de volver. Ahora está buscando trabajo en una empresa finlandesa de telecomunicaciones.