A los cincuenta y dos años, Mercedes nunca había caminado más de diez kilómetros seguidos. Pero después de un año difícil, en el que se divorció y perdió a su madre, sintió que necesitaba un cambio. Una amiga le habló del Camino de Santiago, y en mayo, con una mochila de ocho kilos, empezó a caminar desde Ponferrada, en León, con la idea de llegar a Santiago de Compostela doce días después.
El primer día fue un desastre. Caminó veinticinco kilómetros con botas nuevas y por la noche tenía los pies llenos de ampollas. En el albergue, una hospitalera alemana le curó los pies y le dio un consejo que nunca olvidó: «No es una carrera. Escucha a tu cuerpo». Al día siguiente, Mercedes caminó solo quince kilómetros, y se sintió mucho mejor.
Poco a poco encontró su ritmo. Se levantaba a las seis, caminaba toda la mañana y llegaba al albergue después de comer. Por las tardes lavaba la ropa a mano, descansaba y charlaba con otros peregrinos. Había gente de todo el mundo: una pareja de jubilados de Corea, un estudiante brasileño, un padre irlandés con su hijo adolescente. Cada uno tenía su propia razón para estar allí.
Los paisajes de Galicia la sorprendieron: bosques de castaños, pueblos de piedra, prados verdes y mucha niebla por las mañanas. Algunos días caminaba sola durante horas, sin hablar con nadie. Fue en esos momentos cuando más pensó en su vida, en su madre, en lo que quería hacer a partir de ahora. A veces lloraba; otras veces se reía sola.
El último día, al llegar a la plaza del Obradoiro y ver la catedral, se sentó en el suelo, como hacen muchos peregrinos, y se quedó mirándola en silencio. A su alrededor había gente abrazándose y haciéndose fotos. Por la tarde recogió la Compostela, el certificado que reciben quienes hacen al menos los últimos cien kilómetros a pie.
«No encontré respuestas a todo», dice Mercedes. «Pero volví sintiéndome más fuerte. Ahora sé que puedo con mucho más de lo que pensaba». Ya está planeando hacer el Camino Portugués el año que viene.