En septiembre, una tormenta muy fuerte cayó sobre Tarragona. En pocas horas cayó la lluvia de un mes entero. Cuando Jordi y Montse bajaron al sótano de su casa adosada a la mañana siguiente, se lo encontraron inundado, con medio metro de agua. Allí guardaban la lavadora, una nevera, las bicicletas, herramientas y cajas con recuerdos de familia.
Lo primero que hicieron fue llamar a su compañía de seguros. Tenían un seguro de hogar desde hacía diez años y siempre lo habían pagado puntualmente. Un perito vino a ver los daños tres días después. Hizo fotos, tomó notas y les dijo que enviaría un informe. Calculaban que los daños eran de unos cuatro mil euros.
Un mes más tarde llegó la respuesta: la compañía se negaba a pagar. Según la carta, su póliza no cubría «daños por filtraciones de agua de lluvia a través del terreno». El perito había escrito que el agua había entrado por las paredes, no por una avería de tuberías, y eso, según el contrato, era un caso excluido.
Jordi y Montse estaban indignados. Leyeron la póliza completa por primera vez y descubrieron que tenía razón en parte: había una lista larga de exclusiones en letra muy pequeña. Pero un vecino les dio una pista importante. En España, cuando una tormenta es muy extraordinaria, existe un organismo público, el Consorcio de Compensación de Seguros, que paga los daños aunque la compañía no lo haga.
Presentaron una reclamación al Consorcio con las fotos, las facturas de lo que habían perdido y un certificado de la agencia de meteorología que demostraba la cantidad de lluvia de aquel día. También pusieron una queja ante el servicio de atención al cliente de su aseguradora, por no haberles informado de esa posibilidad.
Tres meses después, el Consorcio aceptó la reclamación y les pagó tres mil doscientos euros. No era todo, pero era mucho más de lo que esperaban. Ese mismo año, Jordi y Montse cambiaron de compañía. Esta vez, antes de firmar, leyeron todas las exclusiones. Y han subido las cajas de recuerdos al desván.