Eran las ocho menos cuarto de un martes de noviembre. Rubén, un diseñador de páginas web de Sevilla, iba en bicicleta al trabajo, como cada día. Había llovido por la noche y el suelo estaba mojado. Al llegar a una rotonda, un coche que salía de un aparcamiento no lo vio y le cortó el paso. Rubén frenó con fuerza, la rueda delantera resbaló y salió volando.
En la caída se golpeó el hombro derecho. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Cuando abrió los ojos, había varias personas a su alrededor. La conductora del coche, una mujer joven, estaba pálida y no paraba de pedir perdón. Un señor que paseaba al perro llamó a una ambulancia. Gracias al casco, la cabeza no había sufrido ningún daño, aunque el casco estaba roto por un lado.
En el hospital le hicieron radiografías. Tenía la clavícula rota y varias heridas en el brazo y la rodilla. El médico le dijo que no hacía falta operar, pero que tendría que llevar el brazo inmovilizado durante seis semanas. Le dio la baja laboral y le recomendó paciencia.
Las semanas siguientes fueron difíciles. No podía vestirse solo, ni cocinar, ni trabajar con el ordenador. Su pareja, Celia, tuvo que ayudarle con casi todo. Pero lo que más le costó fue el miedo. Cuando por fin pudo volver a montar en bici, dos meses después, le temblaban las piernas en cada cruce.
También tuvo que ocuparse de los trámites. La conductora y él habían rellenado un parte amistoso en el lugar del accidente, en el que ella reconocía que no había mirado bien. Su seguro de coche pagó la bicicleta nueva, el casco y una indemnización por los días de baja.
Hoy, Rubén ha vuelto a ir en bici al trabajo, aunque ha cambiado algunas cosas. Lleva siempre luces, incluso de día, y una chaqueta de colores llamativos. Cuando llueve, va más despacio. Y ha dejado de usar auriculares. «Antes pensaba que esas cosas eran exageradas», dice. «Ahora sé que el casco me salvó la vida».