Una noche, durante la cena, Martina, de quince años, anunció a sus padres que ya sabía lo que quería ser de mayor: influencer. Su padre, Andrés, casi se atraganta con la sopa. Su madre, Sonia, se quedó en silencio. Viven en Albacete, y hasta ese momento Martina siempre había dicho que quería ser veterinaria.
Martina tenía un plan. Ya tenía una cuenta con ochocientos seguidores, donde subía vídeos de maquillaje y de moda. Quería publicar todos los días y, según ella, en un par de años podría ganar dinero con colaboraciones con marcas. «Hay chicas de mi edad que ganan miles de euros al mes», explicó. «Y no tienen que estudiar cinco años en la universidad».
Sus padres no querían prohibírselo directamente, porque sabían que eso solo empeoraría las cosas. Así que decidieron informarse. Leyeron artículos y vieron entrevistas con creadores de contenido. Descubrieron que solo un porcentaje muy pequeño consigue vivir de ello, que el trabajo exige muchísimas horas y que la presión de los comentarios negativos puede afectar mucho a la salud mental.
Entonces hicieron un trato con Martina. Ella podía seguir con su cuenta, pero con algunas condiciones: no podía mostrar dónde vivía ni a qué instituto iba, no podía bajar las notas y tenía que dedicarle como máximo una hora al día. Además, le propusieron una prueba: durante un mes, tenía que tratar su cuenta como un trabajo real, planificando cada vídeo y apuntando cuánto tiempo le dedicaba.
Al final del mes, Martina estaba sorprendida. Para hacer un vídeo de un minuto necesitaba casi tres horas entre la idea, la grabación y la edición. Había ganado cien seguidores, pero también había recibido algunos comentarios crueles que la hicieron llorar.
No ha abandonado la idea, pero la ve de otra manera. «Me sigue gustando crear contenido», dice. «Pero ahora sé que es un trabajo muy duro». Ha decidido seguir estudiando y, quizá, combinarlo con su cuenta. Y ha vuelto a hablar de ser veterinaria, aunque ahora con un canal sobre animales.