Durante casi dos años, Irene, una profesora de inglés de Ourense, no supo lo que era dormir bien. Se acostaba a las once, pero a las tres de la madrugada se despertaba y ya no podía volver a dormirse. Daba vueltas en la cama, miraba el reloj y pensaba en todo lo que tenía que hacer al día siguiente. Por la mañana se levantaba agotada, de mal humor y con dolor de cabeza.
Al principio pensó que era algo pasajero. Probó infusiones de tila, leer antes de dormir y contar ovejas. Nada funcionaba. Cuando empezó a tener problemas para concentrarse en clase, fue a la médica de cabecera. Ella le explicó que sufría insomnio crónico y le recomendó una terapia cognitivo-conductual, que en muchos casos funciona mejor que las pastillas a largo plazo.
La terapia duró ocho semanas con una psicóloga especializada en sueño. Lo primero que hizo Irene fue llevar un diario: anotaba a qué hora se acostaba, cuántas veces se despertaba y cómo se sentía. Así descubrió algunos hábitos que empeoraban el problema: tomaba café por la tarde, miraba el móvil en la cama y los fines de semana se levantaba muy tarde.
La psicóloga le propuso cambios que al principio le parecieron extraños. Por ejemplo, solo podía ir a la cama cuando tuviera sueño de verdad, y si no se dormía en veinte minutos, tenía que levantarse e ir a otra habitación hasta que volviera el sueño. También debía levantarse a la misma hora todos los días, incluso los domingos. La cama era solo para dormir: nada de series ni correos.
Las primeras semanas fueron duras, porque dormía todavía menos. Pero poco a poco, su cuerpo empezó a adaptarse. Hacia la sexta semana, Irene durmió seis horas seguidas por primera vez en mucho tiempo. Casi se puso a llorar de alegría.
Hoy duerme casi siempre bien. A veces, en épocas de estrés, vuelve a despertarse de madrugada, pero ya no se angustia. «Lo peor del insomnio era el miedo a no dormir», dice. «Cuando dejé de luchar contra él, empecé a dormir».