A las siete y media de la mañana, cincuenta alumnos de cuarto de ESO de un instituto de Badajoz esperaban el autobús con mochilas, bocadillos y mucho sueño. Iban de excursión a Mérida, la antigua Augusta Emerita, una de las ciudades romanas más importantes de la península.
El profesor de Historia, don Julián, llevaba semanas preparando el viaje. «En clase hablamos del Imperio romano, pero los chicos lo ven como algo lejano y aburrido», explicaba. «Quiero que lo toquen con sus propias manos».
La primera parada fue el teatro romano, construido hace más de dos mil años. Cuando los alumnos entraron y vieron las gradas y las columnas del escenario, muchos se quedaron en silencio. Don Julián les pidió que se sentaran en las gradas más altas. Después, una alumna, Noelia, bajó al escenario y leyó un poema en voz normal. Todos la oyeron perfectamente. «Los romanos no tenían micrófonos», explicó el profesor, «pero sabían mucho de acústica».
Después visitaron el anfiteatro, donde se celebraban las luchas de gladiadores. Una guía les contó que la mayoría de los gladiadores eran esclavos, aunque algunos se hacían famosos y ricos. A los chicos les interesó tanto que no paraban de hacer preguntas: ¿qué comían?, ¿cuántos morían?, ¿había gladiadoras?
A mediodía comieron en un parque junto al río Guadiana, cerca del puente romano, que todavía hoy se puede cruzar a pie. Por la tarde, visitaron el Museo Nacional de Arte Romano, con sus mosaicos y esculturas. Para que no se aburrieran, don Julián había preparado un juego: cada grupo tenía que encontrar diez objetos del museo y hacer una foto con ellos.
En el autobús de vuelta, el ambiente era muy distinto al de la mañana. Los alumnos comentaban lo que habían visto. Iván, que en clase casi nunca abría la boca, le dijo a don Julián: «Profe, ¿podemos volver para ver una obra de teatro en verano?». El profesor sonrió. Había conseguido su objetivo.