Son las ocho de la mañana en la base de emergencias de Logroño. Sergio, técnico en emergencias sanitarias, empieza su turno de doce horas. Lo primero que hace, junto con su compañera Elena, es revisar la ambulancia: el oxígeno, el desfibrilador, los medicamentos y las camillas. «Si falta algo cuando lo necesitas, puede costar una vida», explica.
La primera llamada llega a las nueve y cuarto. Un hombre de ochenta años se ha caído en la ducha y no puede levantarse. Cuando llegan, lo encuentran consciente, pero con mucho dolor en la cadera. Lo inmovilizan con cuidado, lo suben a la camilla y lo llevan al hospital. Durante el viaje, Sergio le habla para tranquilizarlo. «Muchas veces, la parte más importante de mi trabajo es hablar con la gente», dice.
A mediodía comen rápido en la base, porque nunca saben cuándo sonará el teléfono. A las dos llega una urgencia grave: un accidente de tráfico en la autovía. Un coche ha chocado contra un camión. Cuando llegan, los bomberos ya están sacando al conductor. Sergio y Elena trabajan junto al médico de la UVI móvil durante cuarenta minutos para estabilizarlo antes de trasladarlo. Más tarde sabrán que ha sobrevivido.
La tarde es más tranquila: una mujer con un ataque de ansiedad, un niño con fiebre muy alta y una falsa alarma. A veces la gente llama por cosas que no son urgentes, y eso preocupa a Sergio. «Mientras estamos atendiendo algo que podría esperar, quizá alguien está sufriendo un infarto».
El trabajo tiene un coste emocional. Sergio ha visto situaciones muy duras y reconoce que algunas noches le cuesta dormir. Por eso, el servicio ofrece apoyo psicológico a sus profesionales, y los compañeros hablan mucho entre ellos después de las intervenciones difíciles.
A las ocho de la tarde termina el turno. Sergio está cansado, pero satisfecho. «Cada día ayudo a alguien en el peor momento de su vida», dice. «No lo cambiaría por ningún otro trabajo».