Hace dos años, Bea y Hugo vivían en un piso de sesenta metros en el barrio de Lavapiés, en Madrid, con sus dos hijos. Pagaban mil trescientos euros de alquiler, pasaban más de una hora al día en el metro y los niños casi nunca jugaban en la calle. Un día, Hugo vio un anuncio en internet: un pueblo de Soria, con menos de doscientos habitantes, ofrecía una casa con huerto por un alquiler simbólico a familias con niños que quisieran instalarse allí.
Al principio parecía una locura. Pero Bea trabaja como diseñadora gráfica y puede trabajar desde casa, y Hugo es carpintero, un oficio que en el pueblo hacía falta. La escuela del pueblo estaba a punto de cerrar por falta de alumnos, y con sus dos hijos podía seguir abierta. Después de visitar el pueblo dos veces, se decidieron.
El cambio ha sido enorme. Ahora viven en una casa de piedra de ciento cincuenta metros, con un patio donde los niños juegan cada tarde. Pagan doscientos euros al mes. Hugo ha abierto un pequeño taller y tiene trabajo de sobra: arreglar ventanas, puertas y muebles para los vecinos y para las casas rurales de la zona.
Pero no todo es perfecto. El invierno es muy duro: a veces se llega a diez grados bajo cero. El médico solo pasa consulta dos días a la semana, y el hospital más cercano está a cuarenta y cinco minutos. No hay supermercado; para hacer la compra grande tienen que ir a la capital de la provincia. Y al principio echaban de menos los cines, los restaurantes y a sus amigos.
Los vecinos, la mayoría mayores, los recibieron con mucho cariño. La señora Felisa les enseñó a cuidar el huerto, y ahora tienen tomates, judías y calabacines propios. Los niños van a una escuela con solo once alumnos, donde la maestra conoce a cada uno perfectamente.
«No volvería a Madrid», dice Bea. «Aquí tenemos tiempo, espacio y una comunidad. Eso no se paga con dinero».