Nadie en este pequeño pueblo de la Ribera del Júcar, en Valencia, olvidará aquella noche de octubre. Había llovido sin parar durante dos días, y la radio había avisado de una alerta roja. Pero muchos vecinos, como Amparo y su marido Vicente, pensaban que sería como otras veces: mucha agua en las calles y poco más.
A las dos de la madrugada, Amparo se despertó con un ruido extraño. Era el agua: una riada. Bajó a la planta baja y vio que ya le llegaba a los tobillos. En pocos minutos le llegó a las rodillas. El río Júcar se había desbordado y el agua entraba por debajo de la puerta con una fuerza increíble.
Vicente subió corriendo con los documentos, los medicamentos y el perro al piso de arriba. Desde la ventana vieron cómo los coches de la calle flotaban como juguetes. Se fue la luz y el móvil casi no tenía batería. Llamaron al 112, pero las líneas estaban saturadas. Pasaron el resto de la noche en el dormitorio, a oscuras, escuchando el ruido del agua.
Al amanecer, el nivel del agua empezó a bajar. Por la mañana llegaron los bomberos y la Unidad Militar de Emergencias en barcas para ayudar a las personas mayores que se habían quedado atrapadas. Por suerte, en el pueblo no hubo víctimas, aunque varias personas tuvieron que ser rescatadas de los tejados.
Cuando el agua se fue, dejó un paisaje terrible: barro por todas partes, muebles destrozados y un olor horrible. La planta baja de Amparo estaba completamente perdida: la cocina, el sofá, las fotos familiares del armario.
Lo que vino después, sin embargo, fue emocionante. Cientos de voluntarios llegaron de otros pueblos y de la ciudad con palas, cubos y comida. Jóvenes que no conocían de nada a Amparo pasaron tres días sacando barro de su casa. «Nunca podré agradecérselo», dice con lágrimas en los ojos.
Hoy, un año después, la casa está reparada. Pero cuando llueve fuerte, Amparo no consigue dormir.