En la empresa de logística donde trabaja Carmen, en las afueras de Zaragoza, el comedor sirve cada día unas cuatrocientas comidas. Hace un año, la dirección anunció un cambio: a partir de enero, los lunes y los jueves el menú sería completamente vegano. Ni carne, ni pescado, ni huevos, ni lácteos.
La noticia provocó un pequeño escándalo. En el tablón de anuncios aparecieron mensajes de protesta, y algunos compañeros del almacén amenazaron con traerse la comida de casa esos días. «Después de ocho horas cargando cajas, yo necesito proteínas de verdad», decía Paco, uno de los más críticos.
La empresa explicó sus motivos. Por un lado, quería reducir su huella de carbono, ya que la producción de carne genera muchas emisiones. Por otro, el médico de la empresa había detectado que muchos trabajadores tenían el colesterol alto. Además, el nuevo menú no era más caro para los empleados.
El primer lunes, el comedor estuvo medio vacío. Pero el cocinero, Alfonso, se había preparado bien. Había hecho un curso de cocina vegetal y quería demostrar que comer sin carne no significaba comer mal. Preparó un cocido de garbanzos con verduras, unas croquetas de setas y, de postre, un arroz con leche de almendra.
Poco a poco, la gente fue probando. Las lentejas con calabaza y el curry de garbanzos tuvieron tanto éxito que algunos pedían repetir. Incluso Paco reconoció, unas semanas después, que la paella de verduras estaba «bastante buena». Lo que menos gustó fueron los filetes de soja, que muchos encontraron secos y sin sabor.
Un año más tarde, la empresa hizo una encuesta. El sesenta por ciento de los trabajadores estaba satisfecho con los días veganos, aunque casi todos preferían que fuera solo uno a la semana. La dirección decidió mantener el lunes vegano y convertir el jueves en un día vegetariano, con huevos y queso.
«No se trata de obligar a nadie a ser vegano», explica Alfonso. «Se trata de descubrir que hay muchas formas de comer bien».