En enero, Óscar recibió un correo de la agencia que gestiona el piso que tiene alquilado en Pamplona. Con el asunto «Liquidación anual de gastos», incluía un documento con una cifra que le hizo atragantarse con el café: debía pagar trescientos ochenta euros más por los gastos del año anterior.
Según su contrato, Óscar paga cada mes, además del alquiler, una cantidad fija de cuarenta euros para la comunidad de vecinos y una parte del impuesto sobre bienes inmuebles, el IBI. A final de año, la agencia calcula lo que se ha gastado de verdad y, si ha costado más, le cobra la diferencia. El año anterior la diferencia había sido de solo veinte euros, así que la cifra le pareció muy sospechosa.
Antes de pagar nada, decidió revisar el documento con calma. Pidió a la agencia las facturas y el acta de la reunión de la comunidad donde se habían aprobado los gastos. Óscar se sentó una tarde con una hoja de cálculo y fue comparando cada concepto con su contrato.
Encontró tres problemas. El primero: le habían cobrado una parte de la reparación del tejado del edificio. Pero, según la ley, las obras de mejora o de reparación estructural las paga el propietario, no el inquilino. El segundo: el IBI estaba calculado con un porcentaje mayor del que aparecía en su contrato. Y el tercero, el más sorprendente: le habían incluido los gastos de un garaje que él no tenía alquilado.
Óscar escribió un correo formal a la agencia explicando cada punto, adjuntando las páginas del contrato. Intentó ser educado pero firme. También consultó con una asociación de inquilinos de la ciudad, que le confirmó que tenía razón en los tres puntos y le ofreció ayuda si la agencia no respondía.
Una semana después, recibió la respuesta. La agencia reconocía «errores administrativos» en el cálculo y le enviaba una nueva liquidación. En lugar de pagar trescientos ochenta euros, ahora solo debía treinta y cinco.
«Mucha gente paga sin mirar porque le da pereza o no sabe sus derechos», dice Óscar. «Yo estuve a punto de hacerlo. Pero me costó una tarde revisar las cuentas y me ahorré casi trescientos cincuenta euros». Desde entonces, guarda todos los recibos en una carpeta.