Cada martes, a las cuatro de la tarde, Gerardo deja su despacho de abogado en el centro de Murcia y se pone un chaleco naranja. Desde hace tres años es voluntario en el banco de alimentos de su barrio, que reparte comida a unas trescientas familias que no pueden llegar a fin de mes.
Empezó después de una conversación con su hija de doce años. Ella le contó que una compañera de clase iba al colegio sin desayunar porque en su casa no había comida suficiente. «Me quedé helado», recuerda. «Yo pensaba que eso no pasaba en mi ciudad, en mi barrio. Me di cuenta de que vivía en una burbuja».
El banco de alimentos funciona gracias a las donaciones de supermercados, empresas, agricultores y particulares, y a más de cien voluntarios. Gerardo y su equipo se encargan de recibir los productos, clasificarlos y preparar los lotes que se entregan cada semana. Cada lote incluye alimentos básicos: leche, legumbres, arroz, pasta, aceite, conservas y, cuando hay, fruta y verdura fresca.
Las familias llegan derivadas por los servicios sociales del ayuntamiento, que comprueban su situación económica. Hay de todo: jubilados con pensiones muy bajas, madres solas con varios hijos, personas que han perdido el trabajo y familias inmigrantes recién llegadas. «Lo que más me impresionó al principio fue ver que muchas personas tenían trabajo», explica Gerardo. «Pero con los alquileres que hay, no les llega».
Uno de los momentos más difíciles es cuando llega alguien por primera vez. Muchos sienten vergüenza y no se atreven a mirar a los ojos. Por eso, los voluntarios intentan que el ambiente sea cálido y que nadie se sienta juzgado. Gerardo siempre recibe a los nuevos con una sonrisa y una conversación sobre cualquier cosa, el tiempo o el fútbol, para que se sientan cómodos.
Recuerda especialmente a Fátima, una mujer que venía con sus tres hijos y que, después de encontrar trabajo como cocinera, volvió un año después para hacerse voluntaria. «Ahora es ella quien recibe a las familias nuevas», cuenta con orgullo.
Para Gerardo, el voluntariado le ha cambiado la forma de ver las cosas. «Antes me quejaba por tonterías. Ahora valoro mucho más lo que tengo». Su hija le acompaña algunos martes.