Paula tenía veinte años y no se subía a una bicicleta desde los diez, cuando se cayó y se rompió un brazo en el parque. Desde entonces, le daban miedo. Vivía en un pueblo de Toledo y siempre iba a todas partes en coche con sus padres o en autobús. Pero en septiembre se fue a estudiar Bioquímica a Vitoria-Gasteiz, una de las ciudades con más carriles bici de España, y todo cambió.
En su residencia de estudiantes, casi todos se movían en bici. La universidad estaba a tres kilómetros, y el autobús pasaba solo cada veinte minutos. Sus compañeros llegaban antes, más frescos y sin gastar dinero. Durante el primer mes, Paula fue andando. En realidad, le daba vergüenza reconocer que no sabía montar.
Un día se lo confesó a su compañera de habitación, Uxue. Ella no se rio. Al contrario, le habló de un curso gratuito que organizaba el ayuntamiento para adultos que querían aprender o volver a montar en bici. Se llamaba «Nunca es tarde» y se hacía los sábados por la mañana en un parque cerrado al tráfico.
El primer sábado, Paula estaba muy nerviosa. En el grupo había otras ocho personas: una señora de setenta años, un chico de Senegal que nunca había tenido bici y varias mujeres que hacía décadas que no montaban. El monitor, Jon, era muy paciente. Primero les quitó los pedales a las bicis para que aprendieran a mantener el equilibrio empujando con los pies, como los niños pequeños. Después, poco a poco, volvieron a ponérselos.
A la tercera clase, Paula dio una vuelta entera al parque sin poner los pies en el suelo. Se sintió tan feliz que gritó. En las clases siguientes aprendieron a frenar con suavidad, a señalizar los giros con el brazo y a circular por los carriles bici de la ciudad.
Al terminar el curso, Paula compró una bici de segunda mano por noventa euros. Ahora la usa para todo: para ir a la universidad, a la biblioteca y al supermercado. En Navidad, cuando volvió a su pueblo, les pidió a sus padres que le dejaran la vieja bici de su hermano. Su madre casi llora al verla pedaleando por la plaza.