Durante más de veinte años, el solar de la calle Pintor Sorolla, en el barrio de Orriols de Valencia, fue un aparcamiento de tierra. Estaba lleno de baches, basura y coches mal aparcados, y por las noches no había luz. Hoy, en ese mismo lugar, crecen tomates, lechugas, calabazas y girasoles. Es el huerto urbano comunitario más grande del barrio.
La transformación empezó en 2019, cuando el ayuntamiento anunció que el solar, que era de propiedad municipal, quedaría libre porque iban a construir un aparcamiento subterráneo cerca de allí. Un grupo de vecinos, liderado por Remedios, una maestra jubilada, presentó una propuesta: convertir el terreno en un huerto y un espacio verde para todos.
Al principio, no todo el mundo estaba convencido. Algunos comerciantes temían perder clientes por la falta de aparcamiento. Otros vecinos pensaban que el huerto acabaría abandonado al cabo de unos meses. Pero el ayuntamiento aceptó ceder el terreno durante diez años a la asociación de vecinos, con una condición: ellos se encargarían del mantenimiento.
El primer año fue de trabajo duro. Con la ayuda de una brigada municipal, quitaron el asfalto y la grava, trajeron tierra fértil y construyeron un sistema de riego por goteo. Cada fin de semana, decenas de voluntarios ayudaban a plantar y a construir bancos con palés reciclados.
Hoy el huerto tiene cuarenta y cinco parcelas pequeñas, que se reparten por sorteo entre los vecinos cada dos años. Hay también una zona común con árboles frutales y un espacio para compostar los restos orgánicos. Dos colegios del barrio vienen cada semana para que sus alumnos aprendan de dónde vienen los alimentos.
Pero, para muchos, lo más importante no son las verduras. «Aquí se han hecho amigas personas que vivían en el mismo edificio y nunca se habían hablado», dice Remedios. En el barrio viven personas de más de treinta nacionalidades, y en el huerto se cultivan hierbas y verduras de todo el mundo. Una vecina pakistaní enseña a cocinar con cilantro; un señor ecuatoriano plantó maíz morado.
Los comerciantes que tenían miedo ahora están contentos: el huerto atrae a gente y la calle es más segura. Y, por las tardes, siempre hay alguien regando, charlando o simplemente sentado a la sombra.