Desde hace tres meses, Begoña no puede trabajar tranquila. Es traductora y trabaja desde casa, en un piso bajo con patio en un barrio residencial de Valladolid. El problema está al otro lado de la valla: Thor, el perro de sus vecinos nuevos, ladra sin parar desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde, justo las horas en que sus dueños están trabajando.
Al principio, Begoña pensó que sería algo temporal, que el perro se acostumbraría a la casa nueva. Pero no fue así. Los ladridos eran tan fuertes que tenía que ponerse cascos para concentrarse, y en las videollamadas con clientes se oía de fondo. Además, empezó a sentir pena por el animal. «No ladraba por maldad. Se notaba que estaba solo y aburrido», explica.
Una tarde decidió hablar con los vecinos, una pareja joven llamada Iván y Sara. Preparó lo que iba a decir para no sonar agresiva. Les explicó, con calma, que trabajaba en casa y que el perro ladraba durante horas cuando ellos no estaban. La reacción la sorprendió: no tenían ni idea. «Cuando llegamos a casa está tranquilísimo», dijo Sara, muy avergonzada. Le pidieron disculpas y prometieron buscar una solución.
Pasó una semana y no cambió nada. Otra vecina le aconsejó que llamara a la policía municipal, porque, según las ordenanzas del ayuntamiento, los dueños de animales están obligados a evitar molestias a los vecinos y pueden recibir una multa. Begoña dudó. No quería empezar una guerra con las personas con las que iba a convivir durante años.
En lugar de denunciar, decidió grabar los ladridos durante una mañana y enviarles el vídeo. Esta vez, la pareja reaccionó de inmediato. Consultaron a una educadora canina, que les explicó que Thor sufría ansiedad por separación.
Además, Iván cambió su horario para volver a casa a mediodía tres días por semana, y los otros dos días un paseador de perros se lleva a Thor al parque.
Un mes después, los ladridos han disminuido muchísimo. Begoña ya puede trabajar sin cascos. Y a veces, cuando Iván y Sara se van de fin de semana, es ella quien cuida a Thor.