Este verano, Javier, un estudiante de Educación Física de veinte años, quería trabajar como monitor en un campamento infantil en la sierra de Gredos. La empresa organizadora le explicó que, además del título de monitor de tiempo libre, necesitaba un certificado de primeros auxilios actualizado. «Vas a estar a cargo de niños durante quince días en la montaña, lejos de un hospital», le dijo la coordinadora. «Si pasa algo, tú serás el primero en actuar».
Javier se apuntó a un curso de dieciséis horas que organizaba la Cruz Roja en Ávila durante dos fines de semana. Pensaba que sería aburrido, pura teoría. Pero desde el primer minuto, el instructor, un enfermero de urgencias llamado Fidel, dejó claro que no sería así. «Aquí se viene a practicar», dijo, y les pidió que se pusieran por parejas.
El primer día aprendieron a evaluar una situación de emergencia. Lo primero es asegurarse de que no hay peligro para uno mismo; después, comprobar si la persona responde y respira, y llamar al 112. Fidel insistió mucho en esto: «Mucha gente se bloquea y no llama. Una llamada a tiempo salva vidas».
Luego practicaron la reanimación cardiopulmonar con unos muñecos. A Javier le sorprendió lo cansado que era: después de dos minutos, tenía los brazos agotados. También aprendieron a usar un desfibrilador, un aparato que hay en muchos lugares públicos y que da instrucciones en voz alta.
El segundo fin de semana fue más específico. Aprendieron a tratar quemaduras, heridas y picaduras, a inmovilizar un brazo o una pierna con un posible hueso roto y, lo que más le interesó a Javier, qué hacer si un niño se atraganta. Practicaron la maniobra de Heimlich con un muñeco pequeño, dando golpes en la espalda y comprimiendo el abdomen.
Al final del curso hubo un examen práctico: Fidel simuló varias situaciones y cada alumno tenía que reaccionar. Javier aprobó y recibió su certificado, válido durante dos años.
En el campamento solo tuvo que usar sus conocimientos para una picadura de avispa y una rodilla raspada. Pero se sentía mucho más seguro. «Ojalá no tenga que usarlo nunca de verdad», dice. «Pero ahora sé que no me quedaría paralizado. Creo que este curso debería hacerlo todo el mundo».