Ahmad tenía veintiséis años cuando llegó a España desde Siria, en 2016, después de un viaje largo y peligroso. Había estudiado Farmacia en Alepo, pero tuvo que huir de la guerra con lo que llevaba puesto. En el aeropuerto de Madrid solicitó protección internacional, es decir, asilo. Fue el principio de un camino que duraría casi ocho años.
Mientras se estudiaba su solicitud, Ahmad entró en un programa de acogida gestionado por una ONG. Durante los primeros meses vivió en un piso compartido con otros solicitantes de asilo en Valencia. Recibía una pequeña ayuda económica y, sobre todo, clases de español cinco días a la semana. «El idioma fue la llave de todo», dice.
Un año y medio después, le concedieron el estatuto de refugiado. Eso significaba que podía quedarse en España legalmente, trabajar y, con el tiempo, pedir la nacionalidad. Mientras tanto, empezó a trabajar como mozo de almacén en una distribuidora de medicamentos. No era su profesión, pero le permitía pagar el alquiler.
Al mismo tiempo, inició el proceso para que reconocieran su título universitario sirio. Fue una de las partes más difíciles. Necesitaba documentos oficiales de su universidad, que estaba parcialmente destruida. Gracias a un antiguo profesor que vivía en Turquía, consiguió copias de sus notas. El Ministerio tardó más de dos años en responder y, al final, le exigieron aprobar algunas asignaturas en una universidad española. Las estudió por las noches, después del trabajo.
En España, las personas refugiadas pueden solicitar la nacionalidad después de cinco años de residencia legal, en lugar de los diez años habituales. Pero antes, Ahmad tenía que aprobar dos exámenes: el DELE A2, que demuestra un nivel básico de español, y el CCSE, un examen sobre la Constitución, la cultura y la sociedad españolas. «Tuve que aprender cosas que muchos españoles no saben, como cuántas comunidades autónomas hay o qué hace el Defensor del Pueblo», cuenta riéndose.
En marzo de este año, recibió la resolución: le concedían la nacionalidad española. Juró la Constitución en el Registro Civil de Valencia, rodeado de sus amigos. Hoy trabaja como farmacéutico en una farmacia del barrio de Benimaclet. «España me dio una segunda oportunidad», dice. «Ahora intento devolverla ayudando a otros que acaban de llegar».