El primer sábado de cada mes, el centro cívico del barrio del Actur, en Zaragoza, se llena de objetos rotos. Una tostadora que no calienta, una lámpara que parpadea, una silla con una pata coja, un pantalón con la cremallera rota, un ordenador que no arranca. Es el día del Café de las Reparaciones, una iniciativa que empezó hace cuatro años un grupo de vecinos jubilados.
La idea es sencilla. Los vecinos traen las cosas que no funcionan y un equipo de voluntarios les ayuda a repararlas gratis. Pero hay una condición importante: el dueño del objeto tiene que quedarse y participar. «No somos un taller», explica Fermín, un electricista jubilado que es uno de los fundadores. «Queremos que la gente aprenda a arreglar las cosas por sí misma».
Hay varias mesas, cada una con su especialidad. En la de electrónica están Fermín y una ingeniera joven llamada Ruth. En la de costura, dos señoras que cosen a máquina con una velocidad impresionante. En la de bicicletas, un estudiante que cambia cámaras y ajusta frenos. Y en un rincón hay café y bizcocho casero, porque la idea también es charlar.
Aquel sábado, María, una profesora de cuarenta años, llegó con una cafetera eléctrica que le habían regalado en su boda. «En la tienda me dijeron que no merecía la pena arreglarla, que era más barato comprar una nueva», contó. Ruth la abrió con un destornillador, revisó los cables y encontró el problema: un fusible de menos de un euro. Entre las dos lo cambiaron en quince minutos.
Según los organizadores, consiguen reparar aproximadamente el setenta por ciento de los objetos. En cuatro años, han evitado que más de dos mil cosas terminen en la basura. Para Fermín, el problema principal es la llamada obsolescencia programada: muchos aparatos se fabrican para durar poco, o con piezas que no se pueden cambiar. «Antes, las cosas se hacían para toda la vida. Ahora, en cuanto se rompen, se tiran».
El Café de las Reparaciones tiene cada vez más público, y ya hay otros tres barrios de la ciudad que quieren copiar la idea. María volvió al mes siguiente, pero esta vez no traía nada roto. Se apuntó como voluntaria en la mesa de costura.