En casa de los Vidal, en Tarragona, la cena del domingo terminó con gritos. Todo empezó cuando Ernesto, el padre, vio que su hijo Hugo, de trece años, miraba el móvil debajo de la mesa mientras la abuela contaba una historia. «¡Se acabó! A partir de mañana, nada de móviles en casa después de las nueve», dijo. Hugo se levantó enfadado y se encerró en su habitación.
No era la primera discusión. Desde que Hugo tuvo su primer móvil, a los once años, pasaba cada vez más tiempo con él: vídeos, juegos y mensajes con sus amigos hasta muy tarde. Sus notas habían bajado y por las mañanas le costaba mucho levantarse. Su hermana Marta, de ocho años, también pedía la tableta cada vez que se aburría.
La madre, Raquel, no estaba de acuerdo con prohibirlo todo de golpe. «Si se lo quitamos sin más, lo usará a escondidas», le dijo a su marido. Además, le recordó algo incómodo: «Tú también estás todo el día con el móvil. ¿Cómo vamos a pedirles a ellos lo que nosotros no hacemos?». Ernesto se quedó callado. Era verdad: contestaba correos del trabajo durante la cena y veía vídeos en el sofá hasta la medianoche.
Al día siguiente, Raquel propuso una reunión familiar. Cada uno, incluidos los padres, tenía que decir qué le molestaba y qué estaba dispuesto a cambiar. Hugo explicó que sus amigos organizaban todo por el móvil y que, si no contestaba, se sentía excluido. Marta dijo que quería que su padre jugara más con ella.
Entre todos redactaron unas normas para un mes de prueba. Los móviles se quedarían en una caja en la entrada durante las comidas y a partir de las diez de la noche, también los de los padres. Hugo podría usar el móvil dos horas al día entre semana y más los fines de semana. Los sábados por la tarde serían «sin pantallas»: harían algo juntos, como salir en bici o jugar a un juego de mesa.
Poco a poco, la tensión bajó. Hugo duerme mejor y ha empezado a jugar al baloncesto con unos compañeros. Y Ernesto, que fue el que más sufrió al principio, ha descubierto que le encanta jugar al ajedrez con su hija.