Cuando Lorena y su novio alquilaron un piso en un barrio antiguo de Oviedo, el baño parecía perfecto: azulejos blancos, una ducha nueva y un espejo grande. Pero a los tres meses, en pleno invierno, aparecieron unas manchas negras en el techo y en las esquinas. Al principio eran pequeñas, pero en pocas semanas se extendieron por toda la pared. Además, el baño empezó a oler a humedad.
Lorena llamó al casero, el señor Fueyo, y le envió unas fotos. La respuesta la sorprendió: «Eso es moho de condensación. Pasa porque no ventiláis. Os ducháis con agua muy caliente y no abrís la ventana. La culpa es vuestra». Le aconsejó comprar un producto antimoho en el supermercado.
Lorena se sintió ofendida. Es verdad que en invierno no abrían mucho la ventana porque hacía frío, pero le parecía que había algo más. El baño no tenía extractor, y la ventana era muy pequeña. Además, una vecina del mismo edificio le contó que el inquilino anterior había tenido el mismo problema.
Decidió informarse. Una amiga que trabaja en una asociación de consumidores le explicó que, según la ley de arrendamientos, el propietario debe mantener la vivienda en condiciones de habitabilidad. Si el moho se debe a un defecto de la construcción, como una filtración o un mal aislamiento, la reparación le corresponde a él. Si se debe a un mal uso, le corresponde al inquilino. «Lo importante es saber cuál es la causa», le dijo.
Lorena propuso al casero que un técnico revisara el baño, y que pagara quien fuera responsable. El señor Fueyo aceptó, aunque de mala gana. El técnico midió la humedad de las paredes y encontró el problema: una tubería del piso de arriba tenía una pequeña fuga que mojaba la pared desde dentro. La condensación empeoraba la situación, pero no era la causa principal.
El casero tuvo que pedir disculpas. La comunidad arregló la tubería, y él pagó la limpieza del moho, la pintura antihumedad y la instalación de un extractor. Lorena, por su parte, se comprometió a ventilar el baño cada día después de la ducha. «Al final, los dos teníamos un poco de razón», reconoce. «Pero me alegro de no haberme quedado callada».