Este verano, la familia Molina no pudo irse de vacaciones. Gonzalo, el padre, había estado varios meses en el paro y, aunque acababa de encontrar trabajo, no tenían ahorros para un viaje. Los dos hijos, Lucía y Pablo, de once y ocho años, estaban tristes: todos sus amigos se iban a la playa o al pueblo. Entonces la madre, Ana, tuvo una idea: «Vamos a hacer turismo en nuestra propia ciudad».
Viven en Córdoba, una ciudad con mucha historia, pero que ellos casi no conocían como turistas. Ana organizó un plan para quince días con una regla importante: durante las vacaciones, actuarían exactamente como si estuvieran de viaje. Nada de limpiar la casa, nada de hacer recados y nada de mirar el correo del trabajo.
La primera semana la dedicaron a la cultura. Visitaron la Mezquita a primera hora, cuando entra gratis la gente del barrio, y los niños se quedaron impresionados con los arcos rojos y blancos. Otro día hicieron una ruta por los patios cordobeses, llenos de flores, y una visita nocturna al Alcázar con espectáculo de luz y música. Para que los niños no se aburrieran, Ana preparó un juego de pistas: en cada monumento tenían que encontrar un detalle concreto.
La segunda semana fue más relajada. Como hacía muchísimo calor, iban a una piscina municipal por las mañanas y, por las tardes, al cine de verano al aire libre. Un día alquilaron unas bicicletas y recorrieron el camino junto al río Guadalquivir. Otro, hicieron un pícnic en la sierra, a veinte minutos en coche.
También hubo días tranquilos en casa, pero diferentes: acamparon en el salón con una tienda de campaña, cenaron en la terraza a la luz de las velas y hicieron un concurso de cocina, en el que los niños prepararon salmorejo.
En total, se gastaron unos trescientos euros en quince días, mucho menos que un viaje. Pero lo más importante fue otra cosa. «Normalmente, en vacaciones estamos estresados con el viaje, el hotel y las maletas», dice Gonzalo. «Esta vez estuvimos de verdad juntos».
En septiembre, en el colegio, le pidieron a Pablo que contara sus vacaciones. Habló diez minutos sin parar. Sus compañeros no se lo podían creer: había vivido una aventura sin salir de su ciudad.