Durante seis años, Irene y Óscar vivieron en un piso de ochenta metros cuadrados en el centro de Barcelona. Pagaban mil cuatrocientos euros de alquiler, casi la mitad de lo que ganaban entre los dos. Trabajaban muchísimo para pagar una vivienda en la que, en realidad, pasaban muy poco tiempo. «Sentíamos que trabajábamos para el casero», resume Irene.
Un día vieron un documental sobre las «tiny houses», casas diminutas de menos de treinta metros cuadrados, muchas veces construidas sobre un remolque. Les fascinó la idea: vivir con menos cosas, pagar menos y estar cerca de la naturaleza. Al principio parecía un sueño imposible, pero empezaron a investigar en serio.
Descubrieron que en España no es tan sencillo. En muchos municipios no está permitido vivir de forma permanente en una casa móvil, y no se puede poner en cualquier terreno. Después de meses buscando, encontraron una solución: un terreno rústico en un pueblo del Montseny, a una hora de Barcelona, cuyo dueño alquilaba espacio para casas de este tipo con los permisos necesarios.
La casa la encargaron a un pequeño taller de carpintería. Tiene veintidós metros cuadrados, una cocina con dos fuegos, un baño con ducha, un salón con sofá cama y, arriba, un altillo donde está la cama. Funciona con paneles solares y recoge el agua de la lluvia. Les costó treinta y ocho mil euros, que pagaron con sus ahorros y un pequeño préstamo.
Lo más difícil fue deshacerse de sus cosas. «Teníamos cajas que no habíamos abierto desde la mudanza anterior», reconoce Óscar. Vendieron muebles, donaron ropa y regalaron más de doscientos libros. Ahora cada uno tiene solo una maleta de ropa.
Llevan un año viviendo así. Pagan doscientos euros al mes por el terreno y casi nada de luz. Óscar teletrabaja casi siempre e Irene va a Barcelona tres días por semana en tren. Han empezado a cultivar un pequeño huerto y tienen dos gallinas.
¿Hay inconvenientes? Algunos. En invierno hace frío por las mañanas, el espacio es muy reducido cuando tienen invitados y, si discuten, no hay ningún sitio donde encerrarse. «Pero somos más felices», dice Irene. «Tenemos menos cosas, pero más tiempo».