A Sergio le regalaron por su cumpleaños una chaqueta de cuero marrón. Era de su tía Maribel, que siempre tenía buen gusto, pero esta vez se había equivocado de talla: le quedaba tan grande que parecía de su padre. Sergio no quería ofender a su tía, así que no le dijo nada y decidió cambiarla él mismo en la tienda, en un centro comercial de Murcia.
El problema era que no tenía el tique. La chaqueta venía en una bolsa de la tienda, con la etiqueta todavía puesta, pero sin ningún papel. Sergio pensó que con la etiqueta sería suficiente.
La dependienta, muy educada, le explicó la política de la tienda: «Sin tique no podemos devolverle el dinero, porque no sabemos cuánto pagó ni con qué método. Pero sí podemos cambiársela por otra talla o darle un vale por el precio actual de la chaqueta». Sergio preguntó si había su talla. La dependienta buscó en el almacén y volvió con malas noticias: de ese modelo solo quedaban tallas grandes.
Sergio no sabía qué hacer. El vale solo servía en esa tienda y no había nada más que le gustara. Además, el precio actual era más bajo, porque la chaqueta estaba en rebajas. Su tía había pagado ciento sesenta euros y el vale sería de ciento diez.
Entonces la dependienta le dio una idea: «Si su tía pagó con tarjeta, puede pedirle que busque el cargo en su banco. Con la fecha y el importe, nosotros podemos encontrar la compra en el sistema». Sergio dudó, porque no quería que su tía se enterara. Al final, se lo contó a su madre, que lo arregló con mucha discreción: le preguntó a Maribel, como quien no quiere la cosa, cuándo había ido de compras.
Con la fecha, la tienda encontró la compra en diez minutos. Le devolvieron los ciento sesenta euros, que Sergio gastó en una chaqueta de su talla en otra tienda. En Navidad, su tía lo vio con la chaqueta nueva. «¡Qué bien te queda la que te regalé!», le dijo. Sergio sonrió y no la corrigió.