Era la duodécima clase práctica de Iratxe en la autoescuela, y el examen estaba a dos semanas. Ya sabía arrancar sin que se le calara el coche, aparcar en línea y cambiar de marcha sin mirar la palanca. Pero había algo que todavía le daba pánico: las rotondas. Y en Vitoria, donde vive, hay rotondas por todas partes.
—Hoy vamos a practicar la rotonda grande de la entrada de la ciudad —le dijo su profesor, Koldo—. La de tres carriles.
Iratxe agarró el volante con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos. Al acercarse, vio decenas de coches dando vueltas a toda velocidad. Redujo la marcha y se paró antes de entrar.
—Muy bien. Recuerda: los que ya están dentro de la rotonda tienen prioridad. Tú esperas hasta que haya un hueco.
Cuando por fin entró, cometió el error que más preocupaba a Koldo: se fue directamente al carril de la derecha, el exterior, aunque quería salir por la tercera salida.
—Para, para, mira. Esto es lo que más suspende en el examen. En España, si no vas a salir en la primera salida, tienes que circular por los carriles interiores. Y antes de salir, te cambias poco a poco al carril exterior, poniendo el intermitente. Nunca debes salir desde un carril interior cruzando por delante de otro coche.
Dieron la vuelta y lo intentaron otra vez. Esta vez, Iratxe entró, se colocó en el carril central y, cuando se acercaba a su salida, miró por el retrovisor, puso el intermitente a la derecha y se cambió al carril exterior. Salió sin problemas. Koldo aplaudió.
Repitieron la maniobra seis veces más, cada vez con más tráfico. A la sexta, Iratxe ya no sudaba. Al final de la clase, Koldo le dijo: «Si en el examen haces la rotonda como la última vez, estás aprobada».
Dos semanas después, el examinador le hizo pasar por la misma rotonda. Iratxe respiró hondo, se acordó de Koldo y lo hizo perfecto. Aprobó a la primera. Lo primero que hizo con el carné fue llevar a su madre a dar una vuelta... por todas las rotondas de la ciudad.