En el edificio de la calle Mayor, número 15, en Huesca, viven doce familias. Durante años, la convivencia fue tranquila. Pero desde el verano, la escalera se ha convertido en el principal tema de conversación, y no precisamente por algo bueno.
Todo empezó cuando la familia del tercero, que acababa de tener gemelos, empezó a dejar un carrito doble en el rellano de la planta baja. Era enorme y ocupaba casi todo el espacio junto a los buzones. Poco después, el vecino del primero dejó allí también su bicicleta. Luego aparecieron un patinete eléctrico, dos cajas de cartón con ropa para donar y, finalmente, una planta gigante que alguien había sacado de su piso porque no le cabía.
La que más se quejaba era doña Pilar, una señora de ochenta y un años que vive en el segundo y camina con andador. «Para llegar al ascensor tengo que hacer malabares», protestaba. Un día tropezó con una de las ruedas del carrito y estuvo a punto de caerse. Fue entonces cuando su hija decidió escribir al administrador de la comunidad.
El administrador convocó una junta extraordinaria de vecinos. El ambiente al principio era tenso. Los padres de los gemelos explicaron que el carrito no cabía en el ascensor y que subirlo por la escalera cada día, con dos bebés, era imposible. El dueño de la bici dijo que no tenía otro sitio. Otros vecinos respondieron que la escalera es una zona común y que, además, dejar objetos allí podía ser peligroso en caso de incendio.
El administrador leyó los estatutos de la comunidad: estaba prohibido dejar objetos personales en las zonas comunes. Sin embargo, propuso una solución intermedia. En el patio trasero había un cuarto pequeño que se usaba para guardar los productos de limpieza y que estaba medio vacío. Podían ponerle una cerradura y usarlo para guardar carritos y bicicletas.
La propuesta se aprobó por mayoría. Cada vecino pagó quince euros para la cerradura y unas estanterías. Las cajas se donaron, y la planta encontró sitio en la terraza del ático, cuyo dueño se ofreció a cuidarla.
Ahora el portal vuelve a estar despejado. Y doña Pilar, como agradecimiento, le regaló a la familia de los gemelos dos jerséis que había tejido ella misma.