Durante veintiocho años, Javier trabajó en la misma imprenta de Logroño. Empezó con veintidós años, limpiando las máquinas, y terminó siendo el jefe de producción. Conocía cada ruido de las rotativas y podía saber si un color estaba mal solo mirando el papel. Pero el negocio de los periódicos y las revistas en papel llevaba años en caída, y en enero la empresa anunció el cierre. Treinta y cinco personas se quedaron sin trabajo.
«Fue como si me quitaran el suelo bajo los pies», recuerda Javier. Tenía cincuenta años, una hipoteca y dos hijos en la universidad. Enviaba currículums a otras imprentas, pero las pocas que quedaban también estaban despidiendo a gente.
En la oficina de empleo le ofrecieron hacer un curso de reciclaje profesional. Al principio no le interesaba nada: le parecía que, a su edad, empezar de cero era una pérdida de tiempo. Pero la orientadora, una mujer con mucha paciencia, le hizo una pregunta que le hizo pensar: «¿Qué es lo que más le gustaba de su trabajo?». Javier contestó sin dudar: «Arreglar las máquinas cuando se estropeaban».
A partir de ahí, todo empezó a tener sentido. La orientadora le habló de la falta de técnicos de mantenimiento en la industria de la zona, sobre todo en las bodegas y en las fábricas de conservas, que tienen maquinaria muy compleja. Javier se apuntó a un curso de seis meses de mantenimiento industrial, con prácticas en una empresa.
No fue fácil. Hacía treinta años que no estudiaba, y algunos temas, como la electrónica y la programación de autómatas, le costaban mucho. Por las noches repasaba con su hijo mayor, que estudia Ingeniería. «Fue curioso», dice. «Antes yo le ayudaba con los deberes a él. Ahora era al revés».
Hizo las prácticas en una bodega grande a las afueras de la ciudad. Su experiencia con las máquinas de la imprenta le sirvió más de lo que esperaba: sabía escuchar las máquinas, detectar averías y mantener la calma bajo presión. Al terminar, la bodega le ofreció un contrato indefinido.
Hoy, con cincuenta y dos años, Javier dice que se siente más joven que hace cinco. «Perder el trabajo fue horrible. Pero si no hubiera cerrado la imprenta, nunca me habría atrevido a cambiar».