Andrés y Mei llevaban cuatro años juntos cuando decidieron casarse en Almería, la ciudad de Andrés. Mei es china, de Shanghái, y trabaja como investigadora en la universidad. Sabían que, al ser ella extranjera, el expediente matrimonial tendría más trámites, pero no imaginaban cuántos.
Primero, Mei tuvo que conseguir en China un certificado de nacimiento y un certificado de soltería, es decir, un documento que demostrara que no estaba casada. Los dos papeles tenían que estar legalizados y traducidos al español por un traductor jurado. Solo eso les llevó casi cuatro meses y bastante dinero.
Cuando por fin presentaron todo en el Registro Civil, tuvieron una entrevista por separado. Un funcionario les hizo preguntas parecidas a los dos: cómo se habían conocido, dónde vivían, cuáles eran los nombres de sus padres y qué habían hecho el último fin de semana. Mei estaba nerviosa porque su español es bueno, pero no perfecto. El funcionario fue muy correcto y le dejó tomarse su tiempo.
Tres meses después, recibieron una carta oficial. La abrieron juntos en la cocina, un poco asustados. La carta comunicaba que el expediente se había resuelto favorablemente y que podían celebrar el matrimonio. Sin embargo, había un detalle importante: les asignaban una fecha para la ceremonia en el juzgado, el 14 de marzo a las doce y media. Además, indicaba que, como Mei no tenía el español como lengua materna, podían solicitar la presencia de un intérprete si lo consideraban necesario.
El problema era la fecha. Ellos ya habían reservado un restaurante para el 21 de marzo y los padres de Mei habían comprado los billetes de avión. Andrés llamó al Registro y preguntó si era posible cambiarla. La funcionaria le explicó que podían solicitar un cambio por escrito, pero que no podían garantizarle otra fecha cercana.
Al final decidieron hacer las dos cosas: casarse oficialmente el 14 en el juzgado, solo con dos testigos, y celebrar la fiesta el 21 con toda la familia. «Fue la mejor solución», dice Mei. «Tuvimos dos bodas: una pequeña y tranquila, y otra grande y muy ruidosa». No pidieron intérprete. Mei respondió al «¿sí, quiero?» sin ninguna duda.