Durante meses, Álvaro pensó que el problema eran las pantallas. Trabaja como administrativo en una empresa de transportes de Albacete y pasa ocho horas al día delante del ordenador. Por la tarde le dolía la cabeza, le picaban los ojos y, cuando conducía de noche, las luces de los coches le parecían estrellas borrosas. Tenía cuarenta y dos años y nunca había llevado gafas.
Fue su hija de diez años quien le hizo reaccionar. Un domingo, viendo una película, ella le preguntó por qué ponía cara de enfadado. «No estoy enfadado», respondió él. «Estoy intentando leer los subtítulos». Su mujer se rio y le pidió cita en una óptica del centro esa misma semana.
La optometrista, una mujer joven muy simpática, le hizo varias pruebas. Primero, le pidió que leyera letras en una pantalla, cada vez más pequeñas. Álvaro se sorprendió de lo poco que veía con el ojo izquierdo. Después le puso unas gafas metálicas muy pesadas y fue cambiando las lentes. «¿Mejor así, o así?», le preguntaba una y otra vez. Al final, también le midió la presión del ojo y le hizo una foto del fondo del ojo.
El diagnóstico fue claro: tenía astigmatismo en los dos ojos y estaba empezando a tener presbicia, la vista cansada que aparece con la edad. «Es muy normal a partir de los cuarenta», le explicó. «Le recomiendo unas gafas progresivas, que sirven para ver de cerca y de lejos». Le advirtió de que las primeras semanas podría sentirse un poco mareado, hasta que el cerebro se acostumbrara.
Elegir la montura le llevó más tiempo que las pruebas. Su hija, que lo acompañó, le hizo probarse más de quince. Al final se decidió por unas de pasta azul oscuro, discretas pero modernas. Con los cristales antirreflejantes, el precio total fue de trescientos noventa euros.
Una semana después recogió las gafas. Al salir de la óptica, se quedó quieto en la acera, mirando todo: las hojas de los árboles, los números de los autobuses, las caras de la gente. «No sabía que el mundo tenía tantos detalles», le dijo a su hija. Ya no le duele la cabeza por las tardes. Y lee los subtítulos sin poner cara de enfadado.