Atenas, 12 de julio
Querida Marta:
Te escribo desde una terraza con vistas a la Acrópolis, vestida con una camiseta que pone «I love Greece» en letras enormes. Te preguntarás por qué. Pues porque mi maleta no ha llegado. Bueno, todavía no ha llegado, y ya llevo aquí cuatro días.
Te cuento. El vuelo de Valencia hacía escala en Roma. Allí tuvimos solo cuarenta minutos para cambiar de avión, y corrimos por el aeropuerto como locos. Nosotros llegamos a tiempo, pero, por lo visto, nuestras maletas no. Cuando llegamos a Atenas, esperamos en la cinta de equipajes hasta que no quedó nadie. Entonces fuimos al mostrador de equipajes perdidos.
La empleada fue muy amable. Rellenamos un parte con la descripción de las maletas y la dirección del hotel, y nos dieron un número de referencia para seguir la reclamación por internet. Nos dijo que normalmente llegan en uno o dos días. Ya ves que no ha sido así.
El primer día estaba de muy mal humor. Tenía solo la ropa que llevaba puesta, el móvil y el bolso. Pero Jorge, que siempre ve el lado positivo, me dijo: «Mira, así tenemos una excusa para ir de compras». La compañía aérea nos permite gastar hasta cincuenta euros al día por persona en cosas básicas, si guardamos los tiques. Así que compramos cepillos de dientes, crema solar, ropa interior, dos bañadores y estas camisetas tan elegantes.
Y ¿sabes qué? Al final no ha sido tan grave. Como no teníamos que pensar en qué ponernos, nos hemos dedicado a disfrutar. Hemos visitado la Acrópolis al amanecer, nos hemos bañado en una playa preciosa cerca de la ciudad y hemos comido en tabernas donde el dueño nos invitaba a postre al ver nuestras camisetas.
Esta mañana nos han llamado del aeropuerto: las maletas aparecieron en Roma y llegarán mañana. Justo el día antes de volver a casa, ¡qué ironía!
La próxima vez, metemos siempre una muda en el equipaje de mano. Lección aprendida.
Un abrazo muy fuerte,
Laura