El tren de larga distancia de Barcelona a Málaga salió puntual a las siete de la mañana. Nerea, una estudiante de Bilbao que iba a visitar a su abuela, se acomodó en su asiento con un libro y una bolsa de bocadillos. Eran casi nueve horas de viaje, pero le gustaba el tren porque podía leer y mirar el paisaje.
Todo iba bien hasta que, cerca de Albacete, el tren empezó a reducir la velocidad y se detuvo en medio del campo. Durante media hora nadie explicó nada. Luego, por megafonía, una voz anunció que había una avería en la catenaria más adelante y que el tren no podría continuar. «El trayecto finalizará en la estación de Albacete. Les rogamos disculpen las molestias».
En el vagón hubo un murmullo de protesta. Un señor de negocios gritó que tenía una reunión importante en Córdoba. Una familia con dos niños pequeños se preguntaba dónde dormirían. Nerea, aunque estaba preocupada, intentó mantener la calma y llamó a su abuela para avisarla.
En la estación de Albacete, el personal de la compañía organizó a los pasajeros. Explicaron que habría autobuses hasta Linares, donde podrían coger otro tren, pero que el primer autobús no saldría hasta dos horas después. Quienes lo prefirieran podían pedir la devolución del billete, y además tendrían derecho a una indemnización por el retraso.
Nerea habló con dos chicas de su vagón, que también iban a Málaga. Una de ellas propuso compartir un coche de alquiler, porque saldría más barato y más rápido que esperar. Lo pensaron un momento y aceptaron. Alquilaron un coche pequeño en la misma estación y salieron hacia el sur.
El viaje fue inesperadamente divertido. Pararon a comer en un pueblo de Jaén, cantaron canciones en el coche y se contaron sus vidas. Llegaron a Málaga a las nueve de la noche, solo tres horas más tarde de lo previsto.
Un mes después, Nerea recibió la indemnización: la mitad del precio del billete. Con ese dinero invitó a cenar a sus nuevas amigas, con las que todavía habla casi cada semana.