Martes, 4 de marzo
Llevo seis años sin ir al dentista. Seis. Desde que una dentista me hizo un empaste sin anestesia suficiente, me pongo a sudar solo con oír el ruido de un taladro. Pero desde hace dos semanas me duele una muela cuando como algo frío, y ya no puedo seguir fingiendo que no pasa nada. Mi hermana me ha dado el teléfono de su clínica en Castellón. Dice que el dentista es «muy majo» y que trata a muchos pacientes con miedo. He llamado y he pedido cita para el jueves. Ya no hay vuelta atrás.
Jueves, 6 de marzo
He dormido fatal. En la sala de espera me temblaban las manos. Cuando la enfermera me ha llamado, he estado a punto de levantarme y salir corriendo. Pero el dentista, un señor de unos cincuenta años con gafas, ha empezado hablando conmigo, sin tocar nada. Le he contado lo de mi experiencia anterior y me ha escuchado sin juzgarme. «Hoy solo vamos a mirar», me ha prometido. «Si en algún momento quiere que paremos, levante la mano y paramos».
Me ha hecho una radiografía y ha revisado la boca. Tengo una caries bastante grande en la muela que me duele y otras dos pequeñas. Me ha explicado todo con un dibujo, sin palabras técnicas. Me ha dicho que con la anestesia de ahora no voy a sentir dolor, y que, si lo necesito, pueden darme un tranquilizante suave antes del tratamiento.
Lunes, 10 de marzo
Hoy ha sido el empaste. He llegado con música en los auriculares, como me sugirió el dentista. Me han puesto una manta y unas gafas oscuras para la luz. La inyección ha sido lo peor, pero ha durado tres segundos. Después no he sentido nada, de verdad. He levantado la mano una vez, solo para respirar, y han parado inmediatamente. En veinticinco minutos estaba terminado.
Viernes, 21 de marzo
Hoy he arreglado las dos caries pequeñas y casi me he aburrido. No me lo creo. Al salir, he pedido cita para una limpieza dentro de seis meses. La recepcionista ha sonreído: «¿Ya no tiene miedo?». Todavía un poco, la verdad. Pero ahora sé que el miedo era mucho peor que el dentista.