Celia y su madre, Rosario, celebran el cumpleaños de Rosario en un restaurante del puerto de Cádiz que les han recomendado mucho. Han pedido un arroz con bogavante para dos, que tarda cuarenta minutos. Ya ha pasado una hora y cuarto.
—Mamá, voy a preguntar. Esto no es normal.
—Déjalo, hija, que no quiero problemas en mi cumpleaños.
—No vamos a tener problemas. Solo voy a hacer una queja con educación. ¡Perdone!
—Sí, dígame —responde el camarero, que pasa con prisa.
—Disculpe que le moleste, pero pedimos el arroz hace más de una hora. ¿Sabe si falta mucho?
—Uy, lo siento. Hoy la cocina va un poco lenta porque tenemos un grupo grande. Voy a preguntar ahora mismo.
Diez minutos después llega el arroz. Tiene muy buena pinta, pero cuando Celia lo prueba, nota que está casi frío y que el bogavante está demasiado hecho, duro como una piedra. Su madre, que es muy buena cocinera, pone cara de decepción.
—Perdone otra vez. Siento tener que decírselo, pero el arroz ha llegado frío y el bogavante está muy seco. Entiendo que tienen mucho trabajo, pero para lo que cuesta este plato, esperábamos otra cosa.
—Tiene usted razón. No es como debería ser. ¿Quieren que les preparen otro?
—Si va a tardar otra hora, preferimos que no. ¿Podría hablar con el encargado, por favor?
Al poco tiempo aparece una mujer de unos cuarenta años con delantal. Es la dueña y también la cocinera principal.
—Buenas noches. Me ha contado mi compañero lo que ha pasado. Les pido disculpas, de verdad. Hoy hemos tenido un día complicado, pero eso no es excusa. Por supuesto, no les vamos a cobrar el arroz. Y si me permiten, les invito al postre y a una copa de vino.
—Muchas gracias. Es muy amable por su parte. Además, hoy es el cumpleaños de mi madre.
—¡Entonces el postre lleva vela!
Al final, Rosario sopla una vela sobre un trozo de tarta de queso casera. «Así da gusto quejarse», le dice a su hija al salir. «Hemos pagado la mitad y nos han tratado como reinas».