Lunes, 3 de febrero
Esta mañana, de camino al trabajo, he notado un ruido raro en el coche. Es como un chirrido metálico que suena cada vez que freno. Al principio he pensado que sería por la humedad, porque aquí en Ourense llueve casi todos los días en invierno. Le he subido el volumen a la radio y he intentado olvidarme del tema.
Miércoles, 5 de febrero
El ruido no se va. Al contrario: ahora también suena cuando giro el volante a la derecha. Mi compañero Xoán dice que probablemente sean las pastillas de freno, y que no debería esperar mucho, porque con los frenos no se juega. Tiene razón. He llamado al taller de mi barrio y me han dado cita para el viernes.
Viernes, 7 de febrero
He dejado el coche en el taller a las ocho. El mecánico, Manolo, ha escuchado el ruido, ha fruncido el ceño y me ha dicho: «Esto no tiene buena pinta». Me ha prometido llamarme a mediodía con un presupuesto.
A la una me ha llamado. Las pastillas de freno estaban gastadas, sí, pero eso no era lo peor: los discos también estaban dañados, y además había un problema en un rodamiento de la rueda delantera. Total: cuatrocientos ochenta euros. Casi me caigo de la silla. Le he preguntado si era todo necesario, y me ha explicado con paciencia que, si no cambiaba el rodamiento, podría romperse en la autopista. Le he pedido que me enseñara las piezas viejas cuando las cambiara. No es que desconfíe, pero mi padre siempre me dijo que lo hiciera.
Sábado, 8 de febrero
He recogido el coche. Manolo me ha enseñado los discos viejos: estaban rayados y muy finos. El rodamiento hacía un ruido horrible al moverlo con la mano. Me he quedado más tranquilo, aunque mi cuenta del banco no tanto. He pagado con tarjeta y me ha dado una factura con garantía de dos años.
Domingo, 9 de febrero
He conducido hasta la costa para probar el coche. Silencio total. Es increíble lo feliz que puede hacerte no oír nada. Lección aprendida: la próxima vez que oiga un ruido raro, no subiré el volumen de la radio. Iré al taller enseguida.