Me llamo Begoña y soy farmacéutica desde hace veinte años. Tengo una farmacia pequeña en un barrio de Huesca, y si algo he aprendido es que detrás del mostrador no solo se venden medicamentos. Os cuento cómo fue la mañana del martes pasado.
Abrí a las nueve y, como siempre, el primero en entrar fue el señor Lacasa, que tiene ochenta y siete años. Viene casi cada día, aunque solo necesita sus pastillas una vez al mes. Creo que lo que de verdad busca es hablar con alguien. Le pregunté por su nieta, que acaba de tener un bebé, y me enseñó como veinte fotos en el móvil.
A las nueve y media llegó una madre joven, muy preocupada, con un niño de dos años. El pequeño tenía granitos rojos en la barriga y en los brazos. Le hice algunas preguntas: si tenía fiebre, si picaba, si había comido algo nuevo. Le dije que parecía una reacción alérgica leve, pero que, como no podía estar segura, era mejor que lo viera el pediatra ese mismo día. Muchas veces la gente espera que le dé un medicamento para todo, pero también es parte de mi trabajo saber cuándo tienen que ir al médico.
Después vino un chico extranjero que no hablaba casi español. Me enseñó en el móvil una foto de una caja de pastillas de su país. Con ayuda del traductor y buscando el principio activo, encontré el equivalente español. Necesitaba receta, así que le expliqué cómo pedir cita en el centro de salud.
A las once tuve un momento de tensión. Un señor quería comprar antibióticos sin receta para un dolor de muelas. Le expliqué que no se los podía vender, que es ilegal y, además, peligroso tomarlos sin control médico. Se enfadó bastante y se fue diciendo que en otra farmacia se los darían. No lo harán.
Antes de cerrar a mediodía, una señora me trajo una bolsa con medicamentos caducados para que los tirara correctamente en el punto de recogida.
A veces el trabajo es agotador, pero me encanta. En un barrio como el mío, la farmacia es casi un centro social.