Hacía una semana que Gloria se encontraba mal. Tenía la nariz tapada, dolor de garganta y una tos seca que no la dejaba dormir. Al principio pensó que era un simple resfriado y siguió yendo a trabajar a la oficina, en Cáceres. Pero el jueves por la mañana, al bajar del autobús, resbaló en un escalón mojado y se torció la rodilla. Esa tarde, cojeando y con fiebre, por fin pidió cita en su centro de salud.
Al día siguiente, la atendió su médica de cabecera, la doctora Sanz.
—Buenos días, Gloria. ¿Qué le pasa?
—Pues un poco de todo, doctora. Llevo una semana con un resfriado que no se me quita, y ayer me caí y me hice daño en la rodilla.
—Vamos por partes. Primero, el resfriado. ¿Ha tenido fiebre?
—Ayer por la noche tenía treinta y ocho.
—¿Le duele el pecho cuando tose? ¿Le cuesta respirar?
—No, eso no.
La médica le auscultó los pulmones y le miró la garganta. «Es un virus», le dijo. «Los antibióticos no sirven para esto. Lo que necesita es descansar, beber mucho líquido y tomar paracetamol si le sube la fiebre. Si en cinco días no mejora o le cuesta respirar, vuelva».
Después le examinó la rodilla. Estaba hinchada y le dolía al doblarla. La doctora le movió la pierna en varias direcciones y le preguntó dónde le dolía exactamente.
—No parece que haya nada roto, pero puede ser un esguince. Le voy a pedir una radiografía para estar seguras. Mientras tanto, póngase hielo veinte minutos tres veces al día y mantenga la pierna en alto.
—¿Puedo ir a trabajar?
—Con fiebre y esta rodilla, no. Le voy a dar la baja durante una semana. Si sigue con dolor, la mando al traumatólogo.
Gloria salió de la consulta con la receta del antiinflamatorio, el volante para la radiografía y el parte de baja. Su jefe le escribió por la tarde: «Recupérate y no te preocupes por nada». Esa semana, por primera vez en años, Gloria vio tres series enteras desde el sofá.