Cuando Pablo empezó a trabajar como técnico de sonido en una productora de Santander, nunca pensó en los impuestos. Cada mes veía en su nómina una cantidad que le retenían para Hacienda, pero no le daba más importancia. Hasta que, en abril, su compañera Lorena le preguntó: «¿Ya has hecho la renta?». Pablo la miró sin entender nada.
Lorena le explicó que todos los años, entre abril y junio, hay que presentar la declaración de la renta. Es un documento en el que informas a Hacienda de todo lo que has ganado el año anterior. Si te han retenido más dinero del necesario, te lo devuelven; si te han retenido menos, tienes que pagar la diferencia. «A la mayoría de la gente que trabaja por cuenta ajena le sale a devolver», le tranquilizó.
Esa misma noche, Pablo se descargó la aplicación de la Agencia Tributaria. Para identificarse, necesitaba su DNI y un número que aparecía en la declaración del año anterior, pero como era la primera vez, tuvo que pedir un código por otro sistema. Después de media hora de intentos, por fin pudo entrar.
Para su sorpresa, Hacienda ya había preparado un borrador con casi todos sus datos: su sueldo, lo que le habían retenido y los intereses de su cuenta del banco. Solo tenía que comprobar que todo estaba bien. Pero Lorena le había avisado de que revisara bien las deducciones. Pablo vive de alquiler y había hecho una donación a una asociación de rescate marítimo, y ninguna de las dos cosas aparecía en el borrador.
Como no estaba seguro de cómo añadirlas, pidió ayuda a su tía, que es gestora. Ella le explicó que, por la donación, tenía derecho a una deducción, pero que el alquiler solo desgrava en algunos casos, según la comunidad autónoma y la fecha del contrato. En su caso, desgraciadamente, no podía deducirlo.
Al final, el resultado fue que Hacienda le devolvería ciento ochenta euros. Pablo presentó la declaración en mayo y el dinero llegó a su cuenta tres semanas después. «No es mucho», dice, «pero ahora entiendo de dónde viene. El año que viene lo haré yo solo». Su tía no está tan segura.