Durante casi tres años, Natalia se había dejado crecer el pelo. Lo tenía largo hasta la mitad de la espalda y estaba muy orgullosa de él, aunque últimamente las puntas estaban estropeadas. Como su peluquera de siempre se había jubilado, decidió probar una peluquería nueva que habían abierto en su calle, en Logroño. Tenía buenas opiniones en internet y una decoración muy moderna.
La atendió un peluquero joven, muy simpático y muy hablador. Natalia le explicó claramente lo que quería: «Solo las puntas, por favor. Unos dos o tres dedos, nada más». Él asintió con una sonrisa y empezó a lavarle el pelo mientras le contaba sus vacaciones en Lisboa.
Natalia estaba tan relajada con el masaje y la conversación que cerró los ojos. Cuando los abrió, unos minutos después, vio en el suelo una cantidad de pelo enorme. Se quedó helada. En el espejo, el pelo le llegaba a los hombros. Le habían cortado por lo menos veinte centímetros.
—Perdona, pero te había dicho solo las puntas —dijo, intentando no perder la calma.
—Ya, pero tenías las puntas muy dañadas, de verdad. Si no lo cortaba, se te habría seguido estropeando. Así te queda mucho más sano. Y te favorece muchísimo, en serio.
Natalia no sabía si llorar o gritar. Le parecía increíble que él hubiera decidido algo tan importante sin preguntarle. Le explicó, con firmeza, que entendía su opinión profesional, pero que la decisión tenía que haber sido suya. El peluquero, un poco avergonzado, le pidió disculpas y no le cobró el corte.
Esa noche, Natalia se miró al espejo durante mucho tiempo. Tenía que reconocer que el corte no era feo; de hecho, varios compañeros de trabajo le dijeron al día siguiente que le quedaba muy bien. Pero no era lo que ella había pedido. «El pelo vuelve a crecer», le dijo su madre por teléfono. «Pero la próxima vez, no cierres los ojos».
Ahora tiene una nueva regla: en la peluquería, siempre con los ojos bien abiertos.