Sábado, 14 de octubre
Querido diario:
Hoy he ido al teatro por primera vez en mi vida. Tengo treinta y cuatro años y me da un poco de vergüenza admitirlo, pero es verdad. Siempre pensaba que el teatro era aburrido, caro y para gente mayor. Mi amiga Leire llevaba meses insistiendo, y al final me compró una entrada para mi cumpleaños. No pude decir que no.
La obra era una comedia en el Teatro Arriaga, aquí en Bilbao. El edificio es precioso: tiene más de cien años, butacas de terciopelo rojo y una lámpara enorme en el techo. Nos sentamos en el segundo piso, en un palco pequeño desde donde se veía todo el escenario. Antes de que empezara la función, sonó un timbre y se apagaron las luces. Todo el mundo se quedó en silencio, y de repente sentí algo parecido a los nervios.
La obra trataba de una familia que se reúne para celebrar el ochenta cumpleaños de la abuela. Poco a poco van saliendo secretos y la cena se convierte en un desastre. Me reí muchísimo, sobre todo con el personaje del tío, que intentaba ocultar que se había gastado el dinero de la familia en un caballo de carreras. Pero en la segunda parte hubo una escena entre la abuela y su nieta que me emocionó tanto que casi lloro. Leire me pasó un pañuelo sin decir nada.
Lo que más me sorprendió fue la energía de los actores. En el cine todo es perfecto, pero aquí, en directo, notas cómo respiran y cómo reaccionan al público. En un momento, a un actor se le cayó un vaso y lo convirtió en parte de la escena. ¡Nadie se dio cuenta de que no estaba previsto!
Al final, el público aplaudió de pie durante cinco minutos. Después fuimos a tomar unos pintxos y estuvimos hablando de la obra hasta la medianoche.
He decidido que voy a ir al teatro al menos una vez al mes. Ya he mirado la programación de noviembre. Quién me lo iba a decir.