Ingrid, una turista noruega, está en Toledo por primera vez. Tiene un mapa en el móvil, pero las calles del casco histórico son tan estrechas y tienen tantas curvas que se ha perdido. Ve a un señor mayor sentado en un banco de una plaza pequeña y decide preguntarle.
—Perdone, ¿me podría decir cómo llegar al Museo del Greco?
—¡Hombre, claro! Pero está un poco lejos de aquí. ¿Usted va andando?
—Sí, sí. Me han dicho que en coche es imposible.
—Imposible no, pero casi. Bueno, mire. ¿Ve aquella iglesia con la torre blanca?
—Sí, la veo.
—Pues tiene que ir hacia allí. Cuando llegue a la iglesia, gire a la izquierda y baje por una calle con escaleras. Tenga cuidado, que los escalones resbalan un poco.
—De acuerdo. A la izquierda y bajar las escaleras.
—Eso es. Al final de las escaleras verá una tienda de espadas, de esas que compran los turistas. No se pare a mirarlas, ¿eh?, que entonces no llega nunca —dice el señor, riéndose—. Allí siga recto unos cien metros hasta una plaza con una fuente.
—¿Y después?
—Después tiene que cruzar la plaza y coger la calle que sube a la derecha. Es la calle de la sinagoga. El museo está justo al lado, a unos cincuenta metros. No tiene pérdida.
—Muchísimas gracias. ¿Cuánto tiempo se tarda?
—Unos quince minutos, si no se pierde otra vez. Yo a su edad lo hacía en cinco, pero ahora mis rodillas no me dejan.
—¿Usted ha vivido siempre aquí?
—Ochenta y un años en el mismo barrio. Mi padre era guía turístico, ¿sabe? Antes venían muchos menos turistas; ahora hay más gente que vecinos.
—Debe de ser una ciudad preciosa para vivir.
—Lo es. Pero en agosto, con cuarenta grados y tanta gente, uno se va al pueblo. Oiga, si le gusta el Greco, no se pierda la iglesia de Santo Tomé. Hay un cuadro que es una maravilla.
—Lo apunto. ¡Gracias otra vez!
—De nada, hija. ¡Y disfrute de Toledo!