Este verano, la familia Navarro, de Granada, pasó tres semanas en una casa con jardín cerca de Edimburgo sin pagar ni un euro de alojamiento. Al mismo tiempo, una familia escocesa, los Campbell, vivía en su piso del Albaicín. Se trata del intercambio de casas, una forma de viajar cada vez más popular.
La idea fue de Marta, la madre. Con dos hijos adolescentes, los hoteles en temporada alta les resultaban carísimos. Se registró en una página web de intercambios, subió fotos del piso y escribió una descripción. Durante semanas recibió propuestas de Canadá, Holanda e Italia, pero los Campbell, que también tenían dos hijos de la misma edad, le parecieron los más adecuados.
Antes del viaje, las dos familias hablaron varias veces por videollamada. Se pusieron de acuerdo en las normas: quién regaba las plantas, qué hacer con el correo, cómo funcionaba la lavadora. Marta dejó una carpeta con recomendaciones de bares de tapas y el teléfono de una vecina de confianza. Los Campbell, a su vez, les dejaron el coche y un mapa de las mejores excursiones.
Lo que más les gustó fue sentirse como vecinos y no como turistas. Hacían la compra en el supermercado del barrio, iban a la biblioteca y los chicos jugaron al fútbol con los niños de la calle. Una vecina escocesa los invitó a tomar el té y acabaron haciéndose amigos.
No todo fue perfecto. Llovió casi la mitad de los días, el coche tenía el volante a la derecha y Juan, el padre, estuvo a punto de chocar en una rotonda. Y los Campbell, por su parte, descubrieron que en agosto en Granada se puede llegar a los cuarenta grados.
Al volver, los Navarro encontraron el piso más limpio que nunca y una botella de whisky sobre la mesa con una nota: «¿Repetimos el año que viene?».