Encarna nació en 1954 en un pueblo de Jaén, lejos del mar y de cualquier piscina. De niña ayudaba a sus padres en el olivar, y en verano, mientras otros niños se bañaban en el río, ella cuidaba de sus hermanos pequeños. Nunca aprendió a nadar. Durante toda su vida, cuando iba a la playa con su familia, se quedaba en la orilla, con el agua por las rodillas, mirando a los demás.
El día de su setenta cumpleaños, su nieta Paula le preguntó qué deseo tenía. Encarna, sin pensarlo, contestó: «Nadar en el mar antes de morirme». Todos se rieron, pero Paula se lo tomó en serio. Una semana después la había apuntado a un curso de natación para adultos en el polideportivo municipal.
El primer día, Encarna casi no entró en el agua. Tenía miedo de hundirse y se agarraba al borde de la piscina con todas sus fuerzas. En el grupo había otras seis personas mayores, todas con el mismo miedo. El monitor, un chico de veinticinco años muy paciente, empezó por lo más básico: meter la cara en el agua y soltar el aire por la nariz.
Tardó tres meses en flotar sola, boca arriba, sin agarrarse a nada. Aquel día lloró de alegría dentro del agua. Después aprendió a mover las piernas con una tabla y, más tarde, los brazos. Algunas semanas le dolía la espalda y pensaba en dejarlo, pero sus compañeras del curso la animaban. Ahora desayunan juntas cada martes después de la clase.
En agosto, la familia fue a Almuñécar. Una mañana muy tranquila, con el mar como un plato, Encarna se metió en el agua con su gorro de flores. Paula nadaba a su lado. Encarna nadó veinte metros, despacio pero sin parar. En la orilla, toda la familia aplaudía.
«Nunca es tarde», dice ahora. «Solo hay que perder el miedo a hacer el ridículo.»