Son las siete y media de un domingo de enero y en las lagunas de Villafáfila, en Zamora, hace un frío que corta la cara. Aun así, una veintena de personas con gorros, prismáticos y termos de café esperan en silencio junto al agua. Forman parte de un censo nacional de aves acuáticas que se repite cada invierno en toda España.
El censo lo organiza una asociación ornitológica, pero casi todo el trabajo lo hacen voluntarios. Entre ellos hay biólogos, pero también un panadero jubilado, una estudiante de Derecho y una familia con dos niños pequeños. Nadie cobra nada. Lo único que se necesita es paciencia y unas ganas enormes de aprender.
Maite, que coordina el grupo desde hace quince años, reparte las zonas y las hojas de recuento. Cada equipo debe anotar todas las especies que ve y el número aproximado de ejemplares. No es fácil: cuando miles de gansos levantan el vuelo al mismo tiempo, contarlos uno a uno es imposible. «Se cuentan en grupos de diez y luego se calcula», explica Maite.
Los datos que recogen son muy importantes. Gracias a censos como este, los científicos saben qué especies están en peligro, cuáles aumentan y cómo afecta el cambio climático a las migraciones. Este año, por ejemplo, han contado menos gansos que hace una década, pero más grullas. Algunas aves que antes pasaban el invierno en África se quedan ahora en España porque los inviernos son más suaves.
Para Javier, el panadero jubilado, el censo es mucho más que ciencia. «Durante cuarenta años me levanté a las cuatro para hacer pan», dice. «Ahora me levanto temprano para esto, y es un regalo.» Su momento favorito llega a media mañana, cuando el sol aparece entre la niebla y el cielo se llena de alas.
Al terminar, todos comparten bocadillos y comentan lo que han visto. Los niños ya quieren volver el año que viene.