En una esquina de una calle tranquila del barrio de Gràcia, en Barcelona, hay una vieja caja de madera pintada de azul, con una puerta de cristal y un pequeño tejado. Dentro hay libros. Un cartel escrito a mano explica las reglas: «Coge un libro, deja un libro. O coge uno y devuélvelo cuando quieras».
La idea fue de Jordi, un carpintero de cincuenta y siete años que vive en el edificio de enfrente. Había visto cajas parecidas durante un viaje a Canadá y pensó que en su barrio también podía funcionar. Construyó la caja en su taller con restos de madera, pidió permiso al ayuntamiento y la llenó con treinta libros de su propia casa.
Algunos vecinos eran escépticos. «Te los van a robar todos en una semana», le advirtió el dueño del bar de la esquina. Y es verdad que, al principio, la caja se vació muy rápido. Pero pocos días después empezaron a aparecer libros nuevos: novelas policíacas, cuentos infantiles, guías de viaje, libros de cocina e incluso un diccionario de japonés.
Con el tiempo, la caja se ha convertido en un punto de encuentro. Los vecinos se paran a mirar y comentan lo que han leído. Una señora mayor deja cada semana una novela con una pequeña nota en la primera página: lo que le ha gustado y lo que no. Un chico de diecisiete años, que nunca leía, ha descubierto la ciencia ficción gracias a la caja. Y unos niños del colegio de al lado decoraron el tejado con dibujos de animales.
No todo ha sido positivo. Una vez alguien rompió el cristal, y en invierno la humedad estropeó varios libros. Pero cada vez que hay un problema, aparece algún vecino dispuesto a ayudar.
Ahora ya hay otras cinco cajas en el barrio. «Yo solo quería compartir mis libros», dice Jordi. «No sabía que iba a conocer a tantos vecinos.»