Hace un año, una empresa de software de Valencia con cuarenta empleados decidió hacer una prueba que llamó la atención de los medios: pasar a una semana laboral de cuatro días, sin reducir los sueldos. Los empleados trabajarían de lunes a jueves, y el viernes sería libre para todos.
La directora, Amparo, lo tenía claro. «Durante la pandemia vimos que la gente trabajaba igual de bien desde casa. Pensamos: ¿y si el problema no son las horas, sino cómo las usamos?». Antes de empezar, cada equipo revisó su forma de trabajar. Se eliminaron muchas reuniones inútiles, se limitaron a treinta minutos las que quedaban y se prohibió mandar correos internos después de las seis.
Al principio no todos estaban convencidos. Algunos clientes se preocuparon por si nadie contestaba los viernes. Para solucionarlo, se organizó un pequeño turno de guardia que cambiaba cada semana. Algunos empleados también tenían miedo de que el trabajo de cinco días se metiera a presión en cuatro, y de acabar más estresados.
Seis meses después, los resultados sorprendieron incluso a la dirección. La productividad no había bajado; en algunos equipos incluso había subido. Las bajas por enfermedad se habían reducido a la mitad y, por primera vez en años, nadie se había ido a otra empresa. Al contrario: llegaban currículos de toda España.
Cada empleado usa el viernes a su manera. Andrés, programador y padre de gemelos, lo dedica a sus hijos. Lucía se ha apuntado a clases de cerámica. Pedro, en cambio, confiesa que al principio no sabía qué hacer y se aburría un poco.
También hay inconvenientes. Los jueves suelen ser días intensos, y hay semanas en que es difícil terminarlo todo. Pero cuando se votó si continuar con el sistema, el resultado fue claro: treinta y ocho votos a favor y dos en blanco.