En el garaje de la casa familiar, en un pueblo de Teruel, había un bulto cubierto con una lona desde hacía treinta años. Era una Montesa de 1968, la moto con la que el abuelo de Hugo iba cada día a trabajar al campo. Cuando el abuelo murió, nadie se atrevió a tocarla.
Hugo, que tiene veintiocho años y trabaja como informático en Zaragoza, nunca había arreglado nada más complicado que una bicicleta. Su padre, Ernesto, en cambio, había sido mecánico antes de jubilarse. Un día de Semana Santa, mientras tomaban café en el patio, Hugo le preguntó: «Papá, ¿y si arreglamos la moto del abuelo?». Ernesto se quedó callado un momento y luego sonrió.
El proyecto duró casi dos años. Hugo iba al pueblo un fin de semana de cada dos. Al quitar la lona, descubrieron que el estado de la moto era peor de lo que pensaban: el motor estaba oxidado, las ruedas destrozadas y faltaban varias piezas. Ernesto desmontó el motor pieza a pieza sobre una mesa, explicándole a su hijo para qué servía cada una.
Lo más difícil fue encontrar los recambios originales. Hugo pasó noches enteras buscando en foros de internet y en mercadillos de coleccionistas. Un señor de Girona le vendió un faro auténtico y, de paso, le contó anécdotas de la fábrica de Montesa.
Pero para Hugo lo más valioso no fue la moto. Durante esas horas en el garaje, con las manos llenas de grasa, su padre le habló de cosas que nunca le había contado: de su infancia, de cómo era el abuelo, de los años duros en que la familia casi no tenía dinero. Hugo sintió que conocía a su padre de verdad por primera vez.
El verano pasado, el motor arrancó al tercer intento. Ernesto dio la primera vuelta por la plaza del pueblo, con los ojos húmedos. Luego le dio las llaves a su hijo.